La ciudad que coquetea con el Paraná vuelve la mirada a la región tras asumir la Secretaría Ejecutiva de Mercociudades

Fundadora de la red de Mercociudades, Rosario ocupó durante numerosos períodos el Consejo de la red, la Secretaría Ejecutiva -en el período 2000/2001- y la coordinación de las Unidades Temáticas de Planeamiento Estratégico -en los períodos 1997 al 2000- y Desarrollo Social -de 2000 al 2005-. En el período 2006/2007 Rosario coordinó las Unidades Temáticas de Desarrollo Económico Local y subcoordinó la Unidad Temática de Desarrollo Social. En el último período 2008/2009, a esta ciudad a la que muchos ven como emblema de la integración regional le fueron concedidas –por segunda vez- la coordinación de Planeamiento Estratégico y la subcoordinación de Desarrollo Económico Local.

Ayer, la ciudad volvió a recibir la Secretaría Ejecutiva, esta vez de manos de Canelones. El Mercosur mira otra vez a Rosario. La ciudad, orgullosa, devuelve la mirada a la región.

Una cadencia dulce

La forma más usual de llegar a Rosario es por la autopista que la conecta con Buenos Aires: son 300 kilómetros, cuatro horas en omnibus desde la estación capitalina de Retiro; una distancia poco menos que insignificante para las dimensiones argentinas. Quien ya ha atravesado el vértigo de las avenidas porteñas encontrará, ya en ese trayecto por carretera, la pista del ritmo rosarino, una cadencia dulce donde se puede reposar sin perder el pulso urbano. Ese viaje es, por otra parte, una buena manera de otear la denominada Pampa húmeda, una planicie perfecta: apenas alguna elevación del terreno, y alguna curva, en esa carretera y en todo lo que la rodea hasta el lejano horizonte.

Hasta hace pocos años, la entrada a Rosario por el bulevar Oroño, la avenida que empalma con la autopista, tenía algo desolador: la ciudad mostraba una chatura gris, como si la propia planicie la aplastara; la indigencia era visible en los barrios improvisados alrededor de las vías del ferrocarril, ya en desuso. Hoy, un enorme casino en construcción y un bulevar limpio y bien iluminado dan la bienvenida al visitante. Al final del bulevar Oroño, el origen de la ciudad, y su mayor atractivo natural: el Paraná. Un majestuoso río americano de llanura que corre a desaguar en el río de la Plata; en la ribera de enfrente, una sucesión de islas, arroyos e islotes bañados a lo largo de decenas de kilómetros.

Aquí mismo, donde el bulevar Oroño se toca con el río, unos antiguos silos se han reconvertido en un original museo de arte moderno, el Macro, a cuyos pies se encuentra un bar sobre el río, uno de los lugares más atractivos del nuevo Rosario. Más allá, la vista, al perderse en las reverberaciones del sol sobre el caudal de agua marrón, se encuentra con el puente de casi 60 kilómetros de largo que une Rosario con Victoria -las provincias de Santa Fe y Entre Ríos-, una infraestructura que fue una quimera durante décadas y que se inauguró en 2003. Muy cerca de aquí se ubica la antigua estación de trenes Rosario Norte, donde actualmente tiene su el Museo de la Memoria, la primera institución en Argentina destinada a investigar y documentar los crímenes de Estado cometidos por la última dictadura militar.

La Chicago argentina

Rosario, que creció con el impulso de su gran puerto fluvial -hasta convertirse en la segunda ciudad argentina, en eterna disputa con Córdoba-, fue llamada la Chicago argentina, por ser la vía de salida a la exportación del gigantesco mercado argentino de cereales, como Chicago lo es para la misma actividad en Estados Unidos. Tradicional zona cerealista, hoy la soja ha traído la prosperidad a esta región: quien se siente en cualquiera de los muchos bares con terraza que pespuntean la ribera rosarina verá pasar unos enormes cargueros remontando el Paraná hacia el puerto o bajando la corriente en dirección al río de la Plata y el Atlántico.

Río de bronce

Ver, al atardecer, una de estas naves imponentes cortar el agua de bronce del río con las islas verdes detrás, encendidas por el último sol del día, es un espectáculo de una belleza inusual y casi exclusiva de esta ciudad. El río hace una curva pronunciada hacia el sur: en ese vértice se encuentra el Monumento a la Bandera, ícono rosarino por excelencia, que recuerda el lugar donde el general Manuel Belgrano izó por primera vez la bandera argentina, el 27 de febrero de 1812. La mitología quiere que los colores de la enseña patria, azul y blanco, le fueron inspirados a Belgrano por el cielo rosarino. Otros, dicen, son exactamente iguales a los de la banda borbónica que usaban los mandatarios del Virreinato del Río de la Plata.

La apertura de Rosario al río y la reconversión de los viejos edificios ferroviarios y portuarios en zonas de ocio, centros comerciales, bares y restaurantes es un fenómeno reciente que recuerda al que, a finales de los ochenta, vivió Barcelona respecto del Mediterráneo. No es del todo casual: una de las infraestructuras culturales más importantes de la ciudad, el Centro Cultural Parque de España -una enorme pirámide de ladrillo rojo que fue sede en 2004 del III Congreso Internacional de la Lengua Española, inaugurado por los Reyes-, es obra del arquitecto catalán Oriol Bohígas. Una buena parte del trayecto vial que une el centro de la ciudad con la Florida, el popular balneario fluvial rosarino, cerca del estadio del equipo de fútbol Rosario Central, fue bautizada como Rambla de Catalunya.

El centro de Rosario se articula en torno a la peatonal Córdoba, donde están los negocios y galerías más importantes. La vida social aquí hace honor diariamente a la afirmación de Borges según la cual la amistad es “una pasión argentina”. Algunos de los bares del centro forman parte nuclear de esa tradición, como el grandioso El Cairo, en la esquina de Sarmiento y Santa Fe, donde durante años atendió uno de los personajes más populares de la ciudad, recientemente desaparecido: Roberto “el Negro” Fontanarrosa, autor de historietas y de cuentos, varios de los cuales surgen de anécdotas relatadas en la mesa de los galanes, que tuvo su lugar en El Cairo primero, y más tarde, en La Sede, ubicada a pocos metros de la casa natal de Ernesto Che Guevara.

Ricardo Scagliola
Enviado a Rosario
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