Histórico: Fernando Lugo asumió como nuevo presidente de Paraguay, prometió terminar con la corrupción y abatir la indigencia
“¡Sí, juro!” El grito sonó fuerte, enérgico y a la vez emocionado. Así, el ex obispo Fernando Lugo asumió un compromiso histórico. Cerró una etapa de 61 años bajo el dominio absoluto del Partido Colorado en Paraguay y se convirtió en el presidente que encarnará el cambio en un país empobrecido y famoso por sus niveles récord de corrupción. Ante una multitud que lo escuchaba bajo el sol en la Plaza Independencia, frente al Congreso, prácticamente a orillas del río Paraguay, Lugo delineó los ejes en los que pondrá el foco en los cinco años de su presidencia. En un discurso que se extendió por espacio de más de media hora, el nuevo mandatario mechó pasajes en idioma guaraní, habló de austeridad, propugnó por desarrollar una economía sustentable con equidad social, insistió en terminar con la pobreza y la exclusión de los pueblos indígenas y recuperar el manejo de los inmensos recursos naturales de este territorio en el que viven algo más de seis millones de personas.
“Hoy termina un Paraguay exclusivo, secretista, con fama de corrupción. Hoy se inicia la historia de un Paraguay cuyas autoridades y pobladores serán implacables con los ladrones de su pueblo, con acciones que nublen la transparencia y con aquellos pocos dueños feudales de un raro país del ayer enclavado en el presente”, prometió, tras recibir la banda presidencial que poco antes había dejado Nicanor Duarte Frutos. En realidad, no fue la misma. La que estrenó Lugo fue bordada a mano por un grupo de monjas ecuatorianas que trabajaron con él cuando era sacerdote en ese país, a fines de los años 70. Con 57 años y al frente de la Alianza Patriótica para el Cambio, una coalición de una decena de partidos y más de 20 organizaciones sociales que van de la izquierda hasta el centroderecha, el nuevo presidente aseguró además que dará respaldo a los empresarios, que priorizará las inversiones, la tecnología de punta y el pensamiento estratégico. Y que trabajará para que los miles de paraguayos que emigraron en busca de mejores oportunidades puedan volver.
“Es tiempo de mirar hacia delante y trabajar denodadamente la ingeniería colectiva del futuro del Paraguay. No será tarea fácil. El sendero estará empedrado de obstáculos que permanentemente pretenderán cegarnos con los espejismos del reciente pasado dictatorial”, admitió. Pero inmediatamente mostró firmeza: “El cambio no es una cuestión electoral. Es una apuesta cultural, quizás la más importante en su historia”. Rodeado por casi una decena de mandatarios invitados, entre ellos Cristina Fernández de Kirchner, la chilena Michelle Bachelet, el uruguayo Tabaré Vázquez, el boliviano Evo Morales, el venezolano Hugo Chávez, el brasileño Lula da Silva y el ecuatoriano Rafael Correa, el ex obispo lanzó un fuerte mensaje de unidad regional y agradeció el apoyo de los gobiernos vecinos. Pero a la vez mencionó uno de los temas que seguramente encabezarán la agenda de los primeros días de gobierno: el de la negociación por las represas de Itaipú y Yaciretá.
Fiel a su estilo informal, tal como había adelantado, con una camisa blanca de cuello mao con detalles bordados, sin saco ni corbata, el nuevo presidente recordó a los miles de paraguayos que debieron emigrar en busca de oportunidades laborales. Y afirmó: “Soñamos con un Paraguay socialmente justo. Donde nunca más exista tanta inequidad que convierte a los unos en adversarios de los otros”. Dos semanas después de que el Vaticano le aceptara la renuncia que presentó a fines de 2006 para dedicarse a la política, el presidente se definió como un “laico eternamente agradecido con la Iglesia” y recordó que cuando eligió el camino del sacerdocio optó “por aquellos que la historia había arrojado en los marginales escenarios de la exclusión y la miseria”. A la vez envió un mensaje tranquilizador a los empresarios cuando dijo: “Tendrán nuestro más pleno respaldo”. La austeridad, aseguró, será “un signo de este tiempo nuevo”. En esa línea, en un acto el jueves a la noche había anunciado que renunciará a su salario como presidente de la República.
Mientras miles de personas -llegadas de distintas partes del país- agitaban banderas paraguayas frente al palco montado al aire libre, Lugo recordó a las plumas paraguayas “que cantaron al mundo nuestra historia de dignidad secuestrada” y nombró a Elvio Romero y a Augusto Roa Bastos. También homenajeó al ex presidente chileno Salvador Allende y emocionado recordó aquello de “mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas, por donde pasará el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Para después asegurar que “¡Esas grandes alamedas están hoy abiertas!”. Cuando la temperatura y la humedad subían en Asunción, Lugo -ya como presidente- caminó las dos cuadras que lo separaban de la Catedral. En ese lugar participó del tradicional Tedéum. Después se subió a un jeep abierto y recorrió las calles de Asunción que vivían una fiesta. Su destino fue la residencia presidencial que, por primera vez en 61 años, no tendrá un ocupante del Partido Colorado.
En base a agencias









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